Objetivo: Documentar la presencia y uso de hábitat de las guacamayas verdes, una especie en peligro de extinción.
Localización: Reserva de la Biosfera Sierra Gorda, al norte del estado de Querétaro.
Duración: 15 salidas de campo, incluyendo recorridos por brechas y caminatas.
Desde que era niño, los pericos y guacamayas han ocupado un lugar especial entre mis aves favoritas. Poseen una personalidad única que facilita el "humanizarlas" y ver reflejos de nuestro propio comportamiento en ellas; llevan la música por dentro y forman sociedades complejas. Gracias a la libertad que les otorgan sus alas, recorren grandes distancias, y para ellas, cambiar de montaña es el acto más natural del mundo.
Para mí, la guacamaya verde ($Ara$ $militaris$) simboliza el espíritu indómito de estas montañas, donde han vivido en simbiosis con los bosques y selvas. En la Sierra Madre Oriental —el sistema montañoso que define el paisaje del este de México y del cual forma parte la Sierra Gorda— estas aves encuentran refugio, anidando y descansando seguras en las cavidades de las rocas calizas.

Tuve la gran fortuna de crecer como conservacionista en el Grupo Ecológico Sierra Gorda, el proyecto fundado por mis padres. Esta vastedad de montañas es, en esencia, mi traspatio, y me muevo con total libertad por ellas. Crecer aquí me marcó profundamente: presenciar a un puma cazando, escuchar el llamado del halcón selvático al amanecer o recordar perfectamente cuando una parvada de guacamayas se posó en un árbol frente a mi casa siendo yo un niño, forjó la persona que soy hoy.
En este territorio habitan 343 especies de aves, donde las especies residentes conviven en invierno con las migratorias que llegan desde EE. UU. y Canadá. México cuenta con 22 especies de psitácidos (pericos y guacamayas), pero sus poblaciones han disminuido drásticamente debido a la actividad humana. El desmonte de selvas ha eliminado los árboles viejos con cavidades para anidar, y la fragmentación del bosque por carreteras y asentamientos, sumada al cruel tráfico ilegal de polluelos, las ha acorralado. Es una realidad dolorosa: 2 de cada 10 aves mueren antes de llegar al comprador, una práctica insostenible que está silenciando nuestros montes.
A nivel nacional, la población más grande sobrevive en la vertiente del Pacífico (de Sonora a Oaxaca), mientras que en el Golfo persisten en Tamaulipas, San Luis Potosí, Querétaro y una población aislada entre Puebla y Oaxaca.
Los testimonios de los mayores en la Sierra Gorda son reveladores: en los años 40 y 50, se veían parvadas de hasta 300 individuos. Sin embargo, debido a que se alimentaban del maíz de las milpas, se llegaban a sacrificar hasta 30 aves en una sola tarde. Otro vecino incluso admitió haberlas matado "por ruidosas". Estas actitudes causaron que las poblaciones se desplomaran.
Hoy, milagrosamente, sobreviven 80 parejas en la Sierra Gorda, refugiadas principalmente en dos puntos clave:
El Sótano del Barro: Zona núcleo de la Reserva donde, desde 1997, se prohibió el descenso de espeleólogos para proteger los nidos.
El Cañón del Infiernillo: Un tajo profundo y estrecho amenazado actualmente por el turismo de cañonismo.
Como fotógrafo y habitante de la zona, tengo la oportunidad de captarlas cuando se alimentan de nueces o descansan en los riscos. Requiere paciencia extrema, pero la ayuda de mis vecinos es vital. Especialmente la de doña Catalina Martínez, monitora de la CONANP, quien posee un conocimiento inigualable sobre ellas. Gracias a que ella validó mi seriedad, tuve acceso a miradores privilegiados.
Prefiero trabajar en solitario para minimizar la presencia humana. El acceso no es fácil: en temporada de lluvias, el suelo arcilloso se vuelve "mantequilla" naranja; sin un vehículo 4x4, el acceso sería imposible. A esto le siguen caminatas exigentes cargando equipo pesado, un esfuerzo que siempre vale la pena.
Uno de los miradores es apenas una saliente en una pared vertical a 250 metros sobre un arroyo. Con un equilibrio precario y espacio apenas para el trípode, la espera puede durar horas. Pero cuando la guacamaya se anuncia con su voz desde kilómetros de distancia y vuela hacia mi posición, la adrenalina es total. Verlas posarse en las rocas calizas es un honor absoluto.
Observarlas en su intimidad —acicalándose, comiendo bellotas, besándose en pareja o buscando refugio en las cavidades para pasar la noche— es presenciar un hábito grabado en su ADN por milenios. Mi esperanza es que la sexta extinción masiva causada por el hombre no las alcance. No lo merecen; los cielos de México simplemente no serían los mismos sin ellas.